El don de la perseverancia


Hace ya dos años que sufrí un aparatoso accidente de auto, donde una parte del vehículo se me incrustó en el cerebro, provocando inflamación y graves daños a mi motricidad. Me realizaron una resonancia magnética, los médicos especialistas detectaron las zonas que estaban comprometidas y dijeron que mi operación era de alto riesgo, con posibilidad de perder mi motricidad o capacidades cognitivas. Aun así mis padres aceptaron el riesgo con tal de que yo viviera, aunque también existía la posibilidad de quedarme en la plancha. Salí de la operación y después de 48 horas me despertaron, mi cerebro se había desinflamado y estaba vivo. Pero no podía mover mis piernas ni mi brazo izquierdo. Sentía todo, pero no tenía movilidad. Y comenzó el calvario.

Tras despertar tuve que estar un mes más en observación, postrado en una cama, haciendo mis necesidades en pañales, pues no podía moverme. Comenzaba a frustrarme, maldecía mi suerte, le reclamaba a mis padres el haber aceptado la operación, en ocasiones decía que prefería estar muerto. Sólo era la frustración la que hablaba a través de mí, mis padres y los médicos lo sabían, así que no me hacían mucho caso. Después del mes, me dieron de alta y debía comenzar con la terapia de recuperación, con la cual no me aseguraban volver a caminar o a mover mi brazo. Entre ir al gimnasio del hospital y a realizarme pruebas neurológicas se me iba todo el día. Lloraba por las noches ya que no veía resultados. Todos trataban de animarme, pero yo sólo respondía de mala manera, incluso hería sus sentimientos, hasta que un día mi padre explotó después de que hice llorar a mi mamá.

“¡Cállate, cabrón!”, inició mi padre, tan grave fue lo que le dije a mi mamá. “Ella no quería la operación, tenía la esperanza de que despertaras solo o que morirías sin sufrir esto que estás viviendo ahora. Pero yo me negué, no puedo aceptar el hecho de tener que enterrar a un hijo. No sé cómo le vas a hacer, pero vas a volver a caminar, vas a vivir tu vida, vas a triunfar y tú, cabrón, nos vas a enterrar a tu madre y a mí. Estás vivo por una razón, con tu cerebro pensando bien, sólo falta moverte, y si no logras moverte por ti mismo, encontrarás la forma de hacerlo. Y ya bájale”, dijo.

Me quedé sin palabras, no podía creer que mi madre aceptara la idea de ver morir a su hijo. Eso era digno de admirarse, algo que no muchos podrían aceptar, pero ella no quería verme así. Mi padre tenía razón, debía vivir, como fuera. Así que comencé a dar el 200 por ciento en las terapias hasta que pude mover mi brazo y los dedos de los pies. Dos años después recuperé la movilidad por completo de mi pierna izquierda, la derecha en un 50 por ciento, por lo que tengo que usar un bastón al estilo Dr. House. Hoy agradezco a mi padre por aquella explosión que tuvo, y a mi madre, por haber dejado que mi padre la convenciera de hacerme esa operación. Nunca podré pagarles lo que hicieron por mí y lo mucho que me soportaron. Pero haré lo posible por que nunca les falte nada.